domingo, 25 de enero de 2009


Mi querida amiga, te escribiré sobre el amor que a veces para ti es lámpara de fuego que da luz y calor. Mantelo siempre así, manso y amoroso y que no caiga en esa oscura caverna sin sentido, oscura y ciega, que a veces llevamos dentro.

El amor cuando empieza es como un niño que lee a Bécquer por vez primera, o es como un libro recién escrito que sale también por vez primera de la imprenta. Pero con el tiempo, las hojas se vuelven de color amarillento, como si fueran las fotografías de catedrales viejas y arruinados castillos. Con el tiempo, al hojear esas estampas, o esos libros viejos llenos de dibujos y líneas de cadencia, no alcanzamos... Tal vez uno es un niño, pero la mayoría de los hombres crecidos tampoco alcanzan. Quizás, algún día, tu puedas rescatar mi palabra pura, mi desdicha. Pero leerás sin comprender como el niño, o la niña, y muchos hombres y mujeres tienen ese algo misterioso, algo que luego, al releer el pasado y las palabras, despierten tal recuerdo de una vida anterior, de un amor anterior, de unos momentos felices de ilusión, vagos e insistentes, ahogados en abandono y nostalgia.
Tal vez años más tarde todos tratamos de responder a nuestras interrogaciones, a las risas vivas que a través de los gruesos muros del tiempo llegan adentro de nuestro patio soleado en donde todo es indiferencia y olvido.
Todo derredor de nosotros queda teñido, como el paisaje de un pensamiento, de una tranquila hermosura clásica llena de aire, de hierba y de luz. Ahora en este silencio y soledad todo es bello y se me saltan las lágrimas de admiración y de ternura. Me concentro en tu silueta y me lleva. Me transporto hacia ti, pero en mi pensamiento algo aparece por el camino y no me deja acercar para estrechar contra mi pecho un poco de tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno, como el de los viejos amores.
Mira, yo como escritor, a veces soy una estación vacía, sin animación. Cuando tu llegaste a ella como en un anochecer de febrero estaba desierta y oscura pero tu fuiste una luz de inspiración. Me gustaría perder los miedos, que todo volviera a ser posible. Un escalofrío, como cuando nos recuperamos pasando un peligro que sacudió nuestros cuerpos.
San Juan de la Cruz tal vez pasó una crisis que un siquiatra podía diagnosticar de opresiva compulsiva, una crisis de angustia. Y todos, sobre todo los poetas, llevamos su cruz dentro de nosotros. No sé si estoy curado, pero lo intento. A los enfermos hay que ayudarles y comprenderlos, tú lo sabes y yo te pido ayuda.

Ellanotenercaballo

jueves, 22 de enero de 2009

Hubo un tiempo en que los poetas les leían a sus musas cartas y poemas en el café. Fuera del café, no se veían nunca, no se encontraban o no se daban cita en ningún otro lugar y el poeta se quedaba con el corazón solitario acordándose de las palabras de Machado o de Ramón que decían que:
El corazón solitario
no era un corazón.
A veces las musas, huerfanitas ellas, encuentran en el poeta la ternura del padre. Algunas dicen expresiones sin sentido peyorativo como: "le lleva 40 años". Pero aquí se puede hablar de amor romántico, amor platónico, amor ideal. La gente rechaza cada vez más la palabra amor (los poemas cargados con esta palabra en desuso ya no gustan). Ahora se emplea más la palabra amistad que a veces no es más que un pacto que no engloba una unidad de sentimientos, una compenetración de las almas. Pero la palabra amor supone un peligro y depende de quién sea él, o la enamorada entre la que se interponen otras palabras como: Circunstancias, creencias religiosas, dignidad, que se resumen en: No te puedo ofrecer más que una amistad sincera, un afecto limpio, espiritual, etc., que al final quién así actúa es sincero, positivo y bondadoso.
Pero yo no soy tan listo, no tanto como don Sócrates, maestro de Platón, que bien lo conocía y nos lo dio tal como tal vez no fue. Él, como todos nosotros los que podemos ver también miraba al cielo lleno de lucecitas, brillantes, temblorosas de miedo escondidas en la noche fría.